Opinión Tenis

El ‘modus operandi’ de convertir lo extraordinario en ordinario

Pocas personas son capaces de inspirar de una manera tan elevada y unánime en otras y menos, a través de una raqueta. Sin embargo, nacen una serie de elegidos a lo largo de la historia y, hoy en día, podemos confirmar que esa historia ha quedado totalmente sobrepasada por una tormenta caracterizada por la coexistencia próxima de dos masas de aire de diferente temperatura: Rafa y Rober. 

Dejando el apartado tenístico, un momento, de lado, casos como los dos que se muestran aquí son una utopía. En ninguna modalidad deportiva el espectador y, menos aún, en el deporte blanco, salvo morbosos, quieren ver a deportistas partir raquetas, echar culpas al árbitro, dejarse llevar y no luchar por apatía, enfrentarse a la grada, menospreciar a su entrenador y un largo etcétera que están a la orden del día y en continuo crecimiento.

Es prácticamente imposible encontrar un tenista que no realice o haya realizado alguno de los actos anteriormente mencionados cuando no se le da o se le haya dado la situación ideal. Sin embargo, encontrar un tenista que cualquier entrenador o padre lo establezca como imagen de ejemplo para sus alumnos o hijos es muy fácil y, no precisamente, por la técnica de sus derechas o reveses. Y son españoles.

España tiene algo diferente. Bendita diferencia.

El tenis español es tan grande, en gran medida, por la sencillez. Nos gusta la buena gente, la gente humilde, la gente luchadora. Nos gustan los retos, por eso hemos quedado campeones del mundo en altura, en la pista más desfavorable posible y con una desgracia familiar de un componente del equipo y lesiones de otros dos miembros en medio de la competición. Nos gustan los gladiadores que, aun sabiendo que no tenemos el saque más potente, la derecha más definitiva, el revés más bonito, ni una volea precisa como un reloj suizo, corren una bola más y se dejan todo en la pista. El país más laureado del siglo XXI.

Estas dos personas, cada una con sus virtudes y, suponemos que, con sus defectos, han vuelto a inspirar todo un país y, no cabalmente, por falta de títulos. La forma de ponernos de acuerdo en algo, de apoyar sin límites la marca España y de olvidar los problemas durante las horas de tensión, lo han logrado un grupo de amigos que se han hecho fuertes ante las adversidades para lograr una alegría común que no disfrutábamos desde 2011.

Curioso que haya sido gracias a una idea de Piqué, porque como dijo ayer Rafa: “sin la ayuda del público creo, de verdad, que la victoria hubiera sido imposible”. Dejando los gustos personales de cada uno en ámbitos ajeno al tenis a un lado, ha habido un señor con ambición, deseo, ganas que ha invertido tiempo y propiedad en tratar de mejorar un Copa Davis cada vez más obsoleta y con menos interés. Eso sí, que falta mucho por mejorar es una evidencia y que no debe haber dos copas del mundo el mismo año, también.

Volviendo al factor de local, debido a trasladar este nuevo evento a la Caja Mágica, nos permitió soñar en todo momento, a pesar de las innumerables fatalidades que iban sucediendo. Ese dobles definitivo ante Gran Bretaña era prácticamente imposible ganarlo fuera de nuestras fronteras, jugando ante un número uno de la especialidad (Murray, 2016) y ganador de 23 títulos ATP, entre ellos 4 Grand Slams y 3 ATP World Tour Finals. Un auténtico reto para un jugador de individuales y otro sin actividad previa en el torneo, con 38 años y que tuvo que saltar a pista ‘in extremis’ por la lesión de espalda de Marcel. Aquí es donde aparece España, la España de remar todos en la misma dirección, la España que tiene ganas de festejar y no de sufrir. Una pista de tenis en Madrid abarrotada, todos unidos, hicieron posible ver al Nadal más motivado de los últimos años y llevaron a Feliciano en volandas a tener la ilusión de un crío y revivir un sueño a sus 38 primaveras, como se encargó de sentenciar él mismo al terminar la semifinal.

Ese dobles agónico y la vuelta de Roberto desde Castellón, nos había unido tanto que a nadie se le pasaba por la cabeza que esa copa no fuese a ser nuestra, sí o sí.

 

Rafael V de España.

En abril, tras la victoria ante Leo Mayer en el Godó, Rafael Nadal se replanteó qué hacer con su carrera (imagínense si llega a perder), quién sabe si por su excesiva motivación, pero si es cierto que fueron unas semanas de escasas alegrías tras la paliza de Fognini en semifinales de Montecarlo y un juego que no se acercaba, ni por asomo, al que nos tenía acostumbrados sobre polvo de ladrillo el manacorí. Pues bien, sólo siete meses después, ha acabado un año inimaginable, mucho menos a estas alturas de la película. Que haya conquistado cinco ensaladeras para España (al igual que Feliciano), ha sido el broche a una temporada de ensueño, porque esto es un regalo extra, lo demás ya estaba conseguido. Si hace justo un año, tras la lesión, alguien hubiera comentado por encima el curso que ha realizado Nadal, no se le daría la más mínima importancia. No hace falta irse tan para atrás, te lo comentan hace seis meses y tampoco te lo crees.

Roland Garros (y van, nada más y nada menos, que doce) y US Open. Dos Masters 1.000, para aumentar el récord mundial a 35 (Roma y Montreal), 11 seminales en los 13 torneos, acabar el año como número 1 del mundo por quinta vez (poniéndose al frente de la clasificación histórica y siendo el número 1 del mundo con más edad de la historia) y su quinta Copa Davis (sexta de España). Esto es de locos pero, como siempre, a saber si no se hubieran agrandado estas cifras sin el retiro en las semifinales del Masters 1.000 de París, que arrastró la semana siguiente al comenzar la Copa de Maestros de Londres. Lo de toda la vida, las malditas lesiones.

Al escribir todos estos logros conseguidos en apenas seis meses me tiemblan las manos, es algo inhumano e irrepetible, que más pronto que tarde, se acabará. Hay que valorarlo, más si cabe. Y otra cosa a valorar es lo que hace Rafa cuando se enfunda la elástica con los colores españoles, atentos y os quedaréis de piedra:

Nadal ha ganado los ocho partidos que ha disputado en esta Copa Davis. Ocho partidos en seis días tras forzar en Londres. Solo ha perdido un único set y ha sido en dobles. Nadie le ha roto ni una sola vez el servicio en los cinco partidos de individuales que ha realizado. Treinta y dos victorias consecutivas en Copa Davis, contando individuales y dobles, porque a él le da igual. De hecho, solo ha perdido un partido de individuales en la Davis en toda su vida, hace ¡quince! años, en su debut ante Jiri Novak allá por 2004 con 17 años, aunque nos clasificó ganando el punto definitivo ante Stepanek.

Claro que existen los superhéroes, como Feliciano denominó en rueda de prensa a Rafa, pero es que además es un superhéroe que no se mide solo por su cantidad de trofeos, sino también por su calidad humana. Literalmente, estas fueron sus palabras justo después de hacer campeona del mundo a España: «Yo he ganado los ocho partidos, pero aquí la persona que ha sido vital ha sido Roberto Bautista. Es un ejemplo para el resto de mi vida». Rafa sabe que él ha ganado la copa prácticamente solo, pero que lo de Rober es un hito, incluso, superior.

84 títulos ATP, 19 Grand Slams, 5 Copas Davis, 35 Masters 1000, 2 oros olímpicos y ahora… 200 semanas como número uno. Fácil.

 

Roberto Bautista.

Hay casos en la historia del deporte que demuestran que las hazañas más épicas tienen algo más que trasciende más allá de lo deportivo y que dependen de lo emocional y, por ende, nos emocionan a todos. Roberto Bautista ha tenido la capacidad única de convertir la tristeza, miedos, ansiedades y nervios en motivación extra, sueños, recuerdos y pensamientos que le han elevado a la historia, suya y de los españoles.

Roberto debutó el lunes con España, volvió a jugar el miércoles y en la mañana del jueves tuvo que partir hacia Castellón tras la fatídica llamada. Pudo despedirse de su padre y, como él ha comentado, minutos después del entierro, cogió su coche dirección a Madrid. Sin fuerzas, se dirigía a la Caja Mágica para animar a sus compañeros y amigos, sin ninguna intención ni ganas de jugar. Sin embargo, una llamada a su entrenador Pepe provocó que el día de la semifinal ante Gran Bretaña, Rober volviera a coger una raqueta, aunque fuese para entrenar. A Pepe le dijeron que necesitaban a su pupilo, que el resto del equipo estaba tocado y que un jugador como Bautista era vital para ese primer punto. El resto, es historia de nuestro deporte.

Ganamos. La central coreaba el merecidísimo «¡Roberto, Roberto!» y al castellonense, siempre contenido de por sí, no le salían las palabras. Las lágrimas en sus ojos se sucedían, a pesar de tratar de no mostrar sus obvias emociones. El que sí que las expresó sin ningún tipo de reparo fue nuestro mejor deportista de la historia, que lloraba mientras Rober tenía micrófono en mano. Rafa reconoció que lloró porque nunca había presenciado una gesta así, inhumana, y que le costó saltar a la pista tras el partido de nuestro número dos, debido a la emoción generada. España ganó y se emocionó ante algo que nos puede llegar a servir como superación, más allá del deporte.

Parafraseando al gran Tomás Carbonell, «somos ingenieros en tirarnos piedras, catedráticos de la envidia y premio nobel del catastrofismo». La frase no puede tener más razón, ni venir más a cuento. ¿Envidia? Envidia de nosotros, que tenemos al mejor, a los más humildes y somos el país más laureado del siglo. ¿Catástrofes? Nos hacen más fuertes y nos ayudan a dar un paso adelante. El país necesita más a menudo esta unión y dejar de hacernos las víctimas, aunque sea por el ejemplo que nos ha dado Rober. Somos campeones en todo, dentro y fuera de la pista. ESPAÑA.

 

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Fuente vía de la imagen principal: La Voz de Galicia.

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