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¡Chapeau, Piso!

A veces te asombras por algo, y de verdad te impresionas de lo mucho que te ha sorprendido.

Parece un trabalenguas pero no lo es. Sinceramente a mí me está pasando en las últimas semanas con el Balonmano Atlético Valladolid.

Este equipo apenas tiene tres años y pico de historia, y tras su creación en el 2014, “padeció” dos años en Plata para coronarse en ASOBAL en su tercer temporada (2016/17).

Desde el principio el elegido para llevar el timón fue Nacho González, pero por discrepancias internas decidió poner su cargo a disposición del club, siendo aceptada su dimisión en diciembre de 2017.

Sí, como un jarro de agua fría cayó esa noticia entre los aficionados, ajenos por completo a lo que se estaba fraguando en el seno del vestuario.

Y a esas alturas de temporada, con la jornada 15 completada y  el equipo cómodo en mitad de la tabla (noveno con 15 puntos), el Atl. Valladolid se queda sin la piedra angular de cualquier equipo: el entrenador.

Difícil papeleta para un club muy limitado en lo económico, y por lo tanto con un margen de maniobra mínimo.

Desde la directiva decidieron confiar en un novato en la categoría, aunque gran conocedor de Huerta del Rey y su balonmano: David Pisonero no dudó en asumir como suyo un proyecto en el que no había intervenido en ningún momento, a pesar de estar vinculado al club en varios equipos de categorías inferiores.

Llegó, se puso el mono de trabajo, y desde que el 21 de diciembre de 2017 fuese oficial su fichaje, ha “amasado” sin descanso un vestuario sin fisuras y que contagia ilusión y ganas a la grada con un balonmano al estilo clásico de la ciudad: sin dar nunca un balón por perdido ni un punto por ganado.

Y es que tan importante es lo uno como lo otro: la cabeza fría, centrada en el juego pero con una dosis de sentido común que sólo un jugador tan experimentado como él puede ofrecer.

¿Táctica? Claro.

¿Capacidad de adaptación a la situación? También.

Si a eso le sumamos su carisma conciliador y su capacidad de trabajo, resulta que el equipo exuda alegría en su juego y cada integrante del equipo ofrece en el campo y los entrenos lo mejor de sí mismo, sabiendo que esos granitos de arena que van aportando son la base de una gran obra que, de momento, saca una sonrisa al respetable.

Y es que hay que ser muy valiente para sumarse voluntariamente a un proyecto empezado y de la envergadura del Atl. Valladolid, que aunque joven, arrastra una media de 2.000 personas a cada encuentro.

¿Sorprendida? Pues sí. ¿Y quién no? En menos de cuatro meses este equipo, renacido de su propio fuego, ha conseguido poner entre las cuerdas al todopoderoso FC Barcelona, cediendo in extremis dos puntos que nunca se debieron ir de Huerta del Rey (dicho por el propio entrenador visitante).

Además, y lo más complicado, en ningún momento ha dado señales de debilidad frente a sus rivales, agotando todas las posibilidades en cada partido, lo que le ha dado valiosísimos puntos contra rivales directos y peligrosos.

El equipo consiguió clasificarse con ilusiones renovadas para la fase final de la Copa del Rey, a la que llegará con toda la ilusión del mundo y con el hambre propia de un principiante que debuta sin nada que perder.

¡Chapeau, Piso!

Imagen destacada: Atl. Valladolid

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